Gran parte del pensamiento económico de Marx pertenece hoy a la historia de las ideas. Pero no todas sus intuiciones han envejecido igual. Su crítica de la alienación en el trabajo y la idea de la autorrealización como núcleo de una vida lograda adquieren una nueva relevancia en un contexto donde la automatización comienza a transformar la naturaleza misma del trabajo humano.
Durante las últimas décadas se ha vuelto común escuchar que la automatización y la inteligencia artificial transformarán radicalmente el trabajo. Informes recientes del World Economic Forum estiman que millones de empleos desaparecerán en los próximos años mientras otros nuevos aparecerán en su lugar. El debate suele presentarse en términos económicos: crecimiento, productividad o desempleo.
Sin embargo, hay otra pregunta que rara vez aparece en estas discusiones.
No es una pregunta sobre cuántos empleos existirán en el futuro, sino sobre qué tipo de actividad será el trabajo para los seres humanos.
El trabajo ocupa una parte enorme de la vida adulta. En muchos casos más tiempo que cualquier otra actividad. Por eso el problema no es solamente si tendremos empleo, sino si el trabajo será una actividad en la que podamos realizarnos o una actividad que vivamos como algo externo a nosotros mismos.
Hace casi dos siglos Karl Marx intentó describir esa experiencia con una palabra que todavía conserva fuerza: alienación.
Cuando el trabajo se vuelve algo ajeno
En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, Marx describe una experiencia que sigue siendo reconocible. En la economía moderna el trabajador produce objetos que no controla y cuyo destino final desconoce. El resultado de su actividad aparece frente a él como algo ajeno.
Marx lo expresó en una frase que sigue siendo citada con frecuencia:
“El trabajador sólo se siente fuera de su trabajo, y en su trabajo se siente fuera de sí mismo.” (Marx, 1844/1988) manuscritos
El problema no se limita a la propiedad del producto. También afecta a la actividad misma. El trabajo deja de ser una expresión de las capacidades humanas y se convierte en una obligación externa.
Muchos trabajos contemporáneos funcionan todavía de esta manera.
Un trabajador puede pasar horas ejecutando tareas que no decide, siguiendo instrucciones diseñadas por otros y produciendo algo cuyo resultado final nunca llega a ver.
Marx describió esta situación como una separación múltiple. El trabajador queda separado del producto que crea, de la actividad que realiza, de su propia naturaleza humana y finalmente de otros seres humanos.
La alienación no es simplemente explotación económica. Es algo más profundo: una situación en la que la actividad mediante la cual producimos el mundo se vuelve extraña para quienes la realizan.
Algunas teorías de Marx han envejecido
Durante mucho tiempo el marxismo fue interpretado principalmente como una teoría económica. En ese marco se discutían conceptos como la teoría del valor-trabajo o las predicciones sobre el colapso del capitalismo.
Muchas de esas teorías hoy se consideran problemáticas. La economía contemporánea ha mostrado que varios de esos modelos no funcionan bien como explicaciones empíricas del capitalismo moderno.
Pero eso no significa que todo el pensamiento de Marx haya perdido relevancia.
El filósofo Jon Elster ha señalado algo importante al respecto. Después de revisar críticamente muchas de las teorías económicas de Marx, Elster sostiene que algunas de sus intuiciones más profundas siguen siendo extremadamente valiosas. Entre ellas destaca dos ideas que están íntimamente conectadas: la crítica de la alienación y la concepción de la buena vida como autorrealización.
Para Elster, el núcleo normativo del pensamiento de Marx no es una teoría económica específica. Es una idea sobre la vida humana.
La buena vida no consiste simplemente en consumir bienes o experimentar placer. Consiste en desarrollar y ejercer nuestras capacidades en actividades que tengan sentido.
El trabajo como autorrealización
El punto de partida de Marx es una idea simple sobre el ser humano. A diferencia de otros animales, los seres humanos pueden relacionarse de manera consciente con su propia actividad. No solo actuamos para sobrevivir; también podemos decidir qué hacer, cómo hacerlo y con qué propósito.
Por eso el trabajo no es solo un medio de subsistencia. También puede ser una forma de expresión humana.
Elster retoma esta intuición y la formula con mayor precisión. Según él, una actividad permite autorrealización cuando cumple dos condiciones básicas: desarrolla capacidades humanas y las exterioriza en el mundo. No basta con experimentar satisfacción subjetiva. La actividad debe producir algo que exista fuera de nosotros y que pueda ser evaluado por otros.
Esto explica por qué muchas actividades valiosas suelen ser difíciles. Escribir un libro, investigar un problema científico, diseñar un sistema o aprender un oficio requiere tiempo, esfuerzo y aprendizaje. La satisfacción aparece más tarde, como resultado de haber logrado algo.
En este sentido, la autorrealización no consiste en buscar placer inmediato sino en realizar actividades que valgan la pena.
También tiene una dimensión social. Las capacidades humanas se vuelven visibles cuando se expresan en actividades concretas. Un arquitecto construye un edificio. Un programador desarrolla un software. Un médico resuelve un problema clínico. Un músico interpreta una obra.
En todos esos casos hay algo que puede ser reconocido por otros.
Elster subraya este punto: la autoestima depende en gran medida del reconocimiento que recibimos por nuestras acciones. La autorrealización implica entonces una forma de exteriorización. Las capacidades humanas se vuelven parte del mundo.
El contexto tecnológico actual
Las discusiones actuales sobre inteligencia artificial suelen concentrarse en el riesgo de pérdida de empleo. Ese riesgo existe y es razonable discutirlo. Las transformaciones tecnológicas siempre han eliminado ocupaciones.
Pero la historia tecnológica muestra también otra dinámica. Cada gran transformación productiva ha desplazado ciertas tareas y ha creado otras nuevas.
Lo que suele desaparecer primero son las tareas repetitivas, previsibles y basadas en reglas claras. La mecanización agrícola eliminó gran parte del trabajo manual en el campo. La informatización redujo tareas administrativas rutinarias. Hoy la inteligencia artificial empieza a automatizar procesos similares en ámbitos como el análisis de datos o la producción de ciertos contenidos.
En cambio, las actividades más difíciles de automatizar suelen compartir otras características: creatividad, juicio contextual, aprendizaje continuo, interacción social.
Curiosamente, esas son también las actividades que más se acercan a lo que Marx y Elster describían como autorrealización.
Por eso el contexto tecnológico actual plantea una paradoja interesante. La automatización puede amenazar ciertos empleos, pero al mismo tiempo abre una posibilidad histórica.
Si las máquinas asumen cada vez más tareas mecánicas, el trabajo humano podría concentrarse progresivamente en actividades donde las capacidades humanas se despliegan con mayor plenitud.
En otras palabras, existe la posibilidad —no garantizada, pero real— de reorganizar el trabajo de una manera menos alienante.
Una oportunidad poco discutida
Gran parte del debate sobre el futuro del trabajo se centra en la cantidad de empleos disponibles. Esa es una pregunta importante, pero no es la única.
También deberíamos preguntarnos qué tipo de trabajos queremos que existan.
Si el desarrollo tecnológico reduce la necesidad de tareas repetitivas, surge una oportunidad. Las sociedades podrían reorganizar el trabajo para favorecer actividades que permitan desarrollar capacidades, aprender habilidades complejas y producir resultados significativos.
En ese escenario, el trabajo dejaría de ser simplemente una obligación económica.
Podría acercarse más a lo que Marx imaginaba cuando pensaba en una actividad humana en la que las personas no se sienten fuera de sí mismas.
Nada garantiza que ese resultado ocurra automáticamente. Las instituciones, las políticas públicas y las formas de organización del trabajo serán decisivas.
Pero la pregunta sigue abierta.
¿Cómo organizar una sociedad en la que la actividad mediante la cual producimos el mundo no se vuelva extraña para quienes la realizan?
El debate sobre inteligencia artificial suele centrarse en los riesgos. Sin embargo, también puede ser una oportunidad para recuperar una pregunta más profunda.
Qué lugar debería ocupar el trabajo en una vida humana lograda.
Referencias
Elster, J. (1985). Making sense of Marx. Cambridge University Press.
Elster, J. (1986). Self-realization in work and politics: The Marxist conception of the good life. Social Philosophy and Policy, 3(2), 97–126.
Frey, C. B., & Osborne, M. A. (2017). The future of employment: How susceptible are jobs to computerisation? Technological Forecasting and Social Change, 114, 254–280.
Marx, K. (1988). Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Editorial Progreso. (Trabajo original escrito en 1844). manuscritos
World Economic Forum. (2023). The Future of Jobs Report 2023. https://www.weforum.org/reports/the-future-of-jobs-report-2023

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